domingo, 18 de octubre de 2015

Capítulo 1: Luz

- Buenos días, cariño.
- Ay, ¿ya es la hora?

Miquel abrió los ojos ante la insistencia de su pareja. La tenue luz que se filtraba desde la persiana inundaba la pequeña habitación. Miró la hora en su móvil, como cada mañana, solo para descubrir que ni había escuchado el despertador.


- Si no te levantas ya vas a llegar tarde, y es tu segunda semana.

Miquel se levantó raudo, en dirección al cuarto de baño. Se lavó la cara, se duchó todo lo deprisa que pudo, con agua tibia como de costumbre, se vistió y se tomó un café.

- La vida en la gran ciudad no es para mí - pensó él.

Ana y Miquel se habían mudado a Madrid hace apenas un par de semanas. Ella trabajaba como abogada, él como informático. Mientras que Ana se encontraba en su aire, dejándose llevar por todas las ventajas que le ofrecía la vida urbana, Miquel se encontraba perdido. Tras haber pasado toda su vida en un pueblecito de la costa levantina, la búsqueda incesante de trabajo le había llevado hasta el corazón de España. Tras meses en paro, había encontrado algo de lo suyo. Mal horario, sueldo regular, pero qué opción le quedaba en estos tiempos difíciles.

- No volveré hasta la tarde, Ana. Que no te sea muy duro el día. - le dio un beso en la mejilla a su novia y salió por la puerta.

Era un día nublado y gris. La niebla amenazaba a lo lejos, los parabrisas estaban empañados y los trabajadores bajos de ánimo. Miquel, acostumbrado al sol costero, odiaba aquellos días. Desganado, se subió al coche y emprendió el rumbo. Un trayecto gris, rutinario, media hora en coche antes de toparse de nuevo con la misma silla, la misma oficina... y el mismo jefe.

- Por poco llegas tarde, Miguel - le espetó su jefe.
- Lo siento mucho. No volverá a suceder - repuso Miquel sin mirarle a los ojos.

Miquel suspiraba hacia sus adentros. Le sentaba fatal que no le llamasen por su nombre, pero había renunciado a que su jefe lo hiciera. Con su americana impecable, su corte de pelo recto y su bigote perfectamente arreglado, aquel ejemplar de las profundidades renegaba de todo aquello que no sonase típicamente español.

- Lo que hay que aguantar- pensaba Miquel mientras miraba a la pantalla del ordenador.

Tras las horas de trabajo pertinentes y la reglamentaria pausa para comer, el jefe se personó por segunda vez en la oficina. Esta vez, con el gesto más amable.

- He de comunicaros que hoy ha habido un... problemilla con la empresa. Así que no quiero que nadie salga de la oficina hasta las nueve de la noche durante toda la semana. Por supuesto, os pagaré las horas extra.

Hubo murmullos generalizados. La reacción fue tibia, pero mixta. Hay quien celebraba la solvencia que aporta un dinero extra. Otros, partiendo por Miquel, miraban con asco a su jefe desde el mismo momento en que se dio la vuelta. ¿4 horas de trabajo extra cada día de la semana, de golpe y porrazo? Eso era ultrajante. Pero no podían hacer nada. Miquel envió un mensaje a Ana, avisando de su tardanza. Ella no contestó.

Nunca había tenido tantas ganas como antes de volver a casa. Bajó a la calle, empapada tras una tarde entera de lluvias, y entró en su coche. La visibilidad era horrible y tenía media hora de trayecto por delante. Desde luego, no imaginaba su vida en la capital tan desteñida. Nada más subirse al coche, enchufó la radio, en busca de un confidente imaginario. Algo de compañía.

- Buenas noches radioyentes. Hace una noche de mil demonios aquí en Madrid. Para los próximos días se esperan chubascos y - Miquel cambió la emisora.

Quedaban todavía unos minutos de trayecto. Miquel estaba cansado, y no solo de conducir. Quién le mandaría mudarse a Madrid. A lo lejos, un coche solitario se acercaba.

- Podría ser peor. Este hombre sale del centro casi a las diez de la noche. A saber si su trabajo es nocturno - pensaba Miquel, intentando consolarse...

- Un momento, ¿por qué hay tanta luz?


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